Fuiste la primera gatita que adopté; la primera en mi corazón, mi ángel, mi chiquitina, mi amor.
Cuando te vi por primera vez no me gustaste; yo esperaba una gatita más pequeña y guapa, y en cambio me encontré con vos: flacucha, casi seis meses, patitas largas y pelaje gris (más adelante te volviste atigradita y dorada). Para peor eras muy tímida y asustadiza. ¡Cómo nos costó a Ismat (tu madrina) y a mí sacarte del transportín cuando por primera vez te trajimos a casa!
Y la primera noche me diste un susto de muerte: aquel día me tocaba hacer el turno de noche en el trabajo –061–, y cuando regresé a las 8 de la mañana, no te encontraba por ninguna parte.
«¡Cati, Cati!» te llamaba desesperada, mientras sentía que el corazón se me iba a salir del pecho.
Me preguntaba: «¿Acaso había dejado una ventana abierta? ¿O te habías escabullido cuando abrí la puerta para salir la noche anterior?»
Te busqué como loca en el minúsculo apartamento que alquilaba en el barrio de Tetuán, hasta que se me ocurrió mirar dentro del armario de la ropa: y allí estabas, calladita y sin mover un pelo, hecha un ovillito entre las mantas apiladas en el fondo...
Me enseñaste a amarte con locura. Será por eso que ahora siento que tengo roto el corazón; y sabes que mi corazón ha pasado por muchos trances, pero nada como esto...
Chiquitina, angelito mío: no cambio el dolor inmenso que experimento ahora por nueve años sin tu luz y tu amor. Ellos valen la pena estas lágrimas, este desconsuelo.
Y no te digo adiós; no, mi vida. Tu cuerpecito descansa por fin; se deja abrazar por el aire y la tierra... Y tu ser, tu chispa amorosa permanece en mí, en mi memoria y en mi propia esencia, donde hay un eterno jardín con pastito fresco para que te tumbes al sol, mi Catita, mi angelito, mi amor.
(Catita nos dejó el jueves 13 de febrero del 2014)


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